El Dulce Placer

Cuando era pequeña recuerdo a mis dos hermanos en la mesa autoescaneandose la comida el uno al otro hasta que zas, explotaba un “yo quería el suyo, el suyo es mejor” y mi madre resignada la sonrisa, les cambiaba el plato que con picardía ya había predesignado por acción inversa…

En el mundi-universo de la danza no nos hartamos de decir que hay espacio de sobras para todas, estilos, edades, preferencias, formas, presencias… que la tarta es muy amplia sí, pero ¿realmente sienta bien compartirla? Todos, todos queremos lo de los demás, y no valoramos la porción de pastel que tenemos hasta que no la vemos en cuchara ajena.

Llámalo inmadurez, capricho, envidia sana, envidia insana… la frustración por ver como otras triunfan donde nosotras no hemos osado llegar a veces se queda en un halago compartido, otras en un respetuoso silencio, en una amarga sonrisa, incluso de tanto en cuando aparece el mostruo de cabeza verde soltando la lengüilarga y se despacha a gusto (que tire la primera piedra quién nunca haya criticado a nadie).

Por más que presumamos de endogámicas y finjamos no prestar atención a éxitos o fracasos ajenos, nuestras antenitas andan siempre captando vibraciones colindantes… y digo yo, que llegada la hora de sentarse en la mesa, ya se sabe: siempre hay comensales que te hacen más llevadero el “dulce” placer de compartir una tarta…

Continuará…

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